Flavia Gallardo tenía 13 años y estudiaba en la cama cuando la primera explosión hizo estallar los vidrios de la ventana. “Quedé llena de vidrio, estaba descalza y en pijama. No entendíamos nada”, recuerda de aquella mañana del 3 de noviembre de 1995.
A esa hora, su mamá solía estar caminando cerca de la Fábrica Militar. Ese día había salido más temprano y, cuando se escuchó el primer estallido, estaba en casa, junto a una ventana. Un fragmento de vidrio se le clavó muy cerca de la aorta. “Fue un milagro”, dice Flavia. Al contarlo, piensa en las otras personas que, por un cambio de rutina, también se salvaron de estar cerca de la fábrica en ese momento.
A las tres explosiones más fuertes les siguieron 45 minutos de detonaciones. Flavia y su familia se envolvieron con lo que tenían a mano y se refugiaron debajo de la mesa. Mientras afuera llovían esquirlas calientes, adentro se rompían las puertas, caían las luces y se rajaban los techos. Entre un estruendo y otro, Flavia se preguntaba si el techo iba a aguantar y pensaba en sus hermanos, de 6 y 12 años, que habían ido a la escuela.
Antes de que empezara esa seguidilla, unos amigos de sus padres habían alcanzado a llamar para avisar que los chicos estaban con ellos. La familia pudo reencontrarse pronto, una suerte que, según recuerda Flavia, muchas otras familias no tuvieron. Con las líneas telefónicas cortadas y las calles cubiertas de esquirlas, hubo quienes tardaron días en volver a verse.
Treinta y un años después, a Flavia todavía le cuesta escuchar una sirena sin volver a aquella mañana. Se emociona al recordarla y lamenta que Carlos Menem haya muerto sin responder por el daño que causó.
Hay algo de ese día que se cuela incluso en los momentos más cotidianos. “A cualquier lado que voy, tengo que ver dónde está la puerta de salida”.













